
Madrid.- Entre mezcla de ilusión y curiosidad, cada vez que viajamos a alguna ciudad nos desvivimos por conocer la mayor parte de monumentos históricos, plazas, atractivos naturales, y sobre todo los museos más sobresalientes; ante ello no escatimamos esfuerzo, presupuesto y ni siquiera el estado físico nos detiene, llegando hacer largas colas en las taquillas, para tomarnos la foto del recuerdo y ver en pocos minutos las obras maestras exhibidas, y luego algunos de estos viajeros recrean actitudes del recordado pishquista intelectual vanagloriándose en lo posterior de esta visita con familiares, amigos y colegas.
De esta manera, mientras uno recorre los principales destinos europeos, no es difícil encontrar al individuo descrito entre los concurridos pasillos del Museo del Louvre, que tropezándose entre el tumulto, busca simplemente obras como la Gioconda, la Venus o la Victoria, caso que se repite en los Museos del Vaticano, donde el turista ni siquiera se fija en las extraordinarias salas de Rafael, y corre apresurado a mirar 5 minutos los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
Así es preferible que con mochila a la espalda con los elementos esenciales y con la guía de la ciudad en la mano, descubramos siempre la esencia del lugar que visitamos, percibir los elementos tradicionales, mezclarse con la gente, encontrar entre las callejuelas esa chispa que le da vida a las urbes, y por qué no, comparar los atractivos que veamos con las de nuestro hogar.
Aún recuerdo el invierno madrileño, cuando en compañía de Matías Abad Merchán, decidimos visitar las obras de Goya y de Velásquez en el Museo Nacional del Prado, nunca nos imaginamos pasar más de dos horas con un viento frío que cual cuchillas nos perforaba el cuerpo, mientras escuchábamos un sinnúmero de idiomas y nos divertíamos contemplando los artistas callejeros que con su picardía sacaban más de una sonrisa fuera de sus bufandas a los turistas, y aunque el limitado presupuesto de estudiante nos ponía en incertidumbre, nunca dudamos en invertir los recursos que sean con tal de estar más cerca del arte en las diferentes pinacotecas de la capital madrileña.
Sin embargo, ¿hacemos lo mismo cuando nos encontramos en nuestra ciudad de origen?
Es difícil encontrar largas colas a las puertas del Museo de Arte Moderno o Museo de las Conceptas, escasos rostros infantiles miraremos en el Museo Pumapungo o en el Museo de las Culturas Aborígenes; pese a vanagloriarnos de ser la capital de la cultura del Ecuador, cada vez el cuencano de a pie, se vuelve menos participativo y pone barreras frente a cualquier tipo de manifestaciones artísticas, en la mayor parte de casos por desconocimiento que por desgano.
Interesante fue la iniciativa llevada en la última Bienal de Cuenca, donde las obras se expusieron en la calle, y aunque a muchos les causó impresión, fue interesante la repercusión que causó en los ciudadanos, que despertó en estos belleza, inconformismo, etc.; pero aún hace falta que los Museos salgan a la calle y lleguen a toda la población, que desde Sayausí hasta Monay, y desde Checa hasta Santa Ana, el conocimiento y la cultura se difundan, para que todos así podamos construir una sociedad guiada por la Luz de la razón y apoyada en la belleza del arte.
Artículo publicado en Diario El Mercurio.
* La idea de este artículo nació luego de una grata conversación con un buen amigo, al regreso de mi viaje.







3 comments
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Abril 22, 2008 en 9:36 am
Ludo
Lograve, querido, es que la gestión cultural es un mito. Creen que es una labor de filantropía cuando es un capital no explotado y una manera de meter ingresos al país. Madrid vive de su industria de servicios, y del turismo. Y los museos saben venderse (Harasme acuerdo de comprar unos posters del Prado, no estan caros y son lindazos!)
Abril 22, 2008 en 4:21 pm
Rene Cardoso
Cuenca, 22 de abril de 2008.
Sr. Andrés Martínez Moscoso
Madrid, España.
De mis consideraciones.
Agradezco a usted por su positivo comentario sobre la Bienal de Cuenca mencionado en su artículo “Turista de Postal” publicado el día de hoy en diario El Mercurio de Cuenca. Es muy dura la tarea de difusión cultural en nuestra ciudad, debe obedecer a un proceso que construya la cultura de acercarnos a la cultura. Esto comienza en casa y luego en la escuela. Pero también las instituciones, como los museos, deben ofrecer programación atractiva,de calidad, innovadora…imaginar formas originales de captar públicos y en especial de CONVENCER a los profesores lo importante que es el arte para la formación integral de nuevos ciudadanos con sentido de estética incluso en sus propias actuaciones (llámese a este sentido ética, respeto al otro, tolerancia, solidaridad…
Estaré siempre a sus órdenes, cuente con un amigo. Continúe con sus muy interesantes reportajes que los leo con satisfacción.
Cordialmente.
René Cardoso
Presidente de la Bienal de Cuenca.
Abril 22, 2008 en 6:02 pm
Matt
En nuestra Ciudad la realidad relativa al marketing de museos se ajusta a la tendencia del sector. Si bien poseemos un invaluable patrimonio cultural y artístico, esta “capacidad instalada” no es aprovechada satisfactoriamente debido a la fuerza con la que se mantiene el arcaico paradigma de que las artes y la cultura no pueden -ni deben- mezclarse con las estrategias empresariales.
Así, queda claro que la importancia adoptar un modelo de gestión administrativa para los museos no desvirtúa la función esencialmente educativa que tienen estas organizaciones; sino más bien apoya su desempeño generando eficiencia y eficacia en los procesos; que se verá reflejada en una mayor satisfacción de los visitantes.