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Picture by creative lens
(Cuento de Navidad)
En las noches, para dormir, mamá contaba las ratas que jugueteaban en las uniones de las vigas, mientras Yo me mantenía despierto por el duro ceibo de la cama rezando a su lado el rosario; sin embargo la repetición y la rutina ganaban poco a poco a mi fe, y mi mente se escapaba con la idea del partido en la escuela o ese revolver plateado del viejo almacén.
Los días anteriores a la preparación de las fiestas, encontraba la manera de escabullirme por la parte de atrás de la tienda de antigüedades, con el único deseo de revisar ese brillante acero que reflejaba mi rostro como en una laguna.
Las peticiones por el arma a mi madre eran reiteradas, aunque igual de repetidas eran las negaciones que ella me hacia.
Ya en casa, el ruido de las peleas y el frío que ingresaba por la rendija de la puerta impedían nuestro sueño –eso era lo que yo pensaba– pero la única preocupación de mamá radicaba en la compra de mi única ilusión de las fiestas.
Ya en la mañana, el sol quebrantó nuestro descanso y madre sin hacer el menor ruido salió a la calle. En el transcurso del día la encontré cerca del parque conversando con el dueño del viejo almacén, pero preferí dejar de mirarla y partí rumbo a casa con cierta preocupación que rondaba por mi cabeza, sentía como que ya nunca más la volvería a ver.
A partir de ese momento me esmeré preparando la cena, tenía cierto presentimiento que me alentaba a mejorar de alguna manera la comida que nos serviríamos en la noche, claro que pronto todo se oscureció, y encima de la mesa reposaba nuestro gran festín, un recipiente de mote y una lata de atún.
Los segundos cada vez pasaban más lentos, y mi madre no arribaba; el deseo que tenía por el regalo poco a poco se desvanecía y la necesidad por estar con ella crecía a cada instante.
Con cierto temor salí al portón de la casa y un tiro se escuchó… El rojo y verde anhelando, se había transformado en el negro de un funeral.
El día 22 de Mayo de 2008, la Gobernación del Azuay, dentro de su programa cultural, presentó el mural “La Guerra de la Sal”, del artista Marco Martínez Espinoza.
Cuadro que rescata una movilización determinante en la vida de Cuenca a inicios del Siglo XX, la cual pocos recordamos.
La presentación de la obra estuvo a cargo de Eliecer Cárdenas Espinoza, Read the rest of this entry »

Madrid.- Entre mezcla de ilusión y curiosidad, cada vez que viajamos a alguna ciudad nos desvivimos por conocer la mayor parte de monumentos históricos, plazas, atractivos naturales, y sobre todo los museos más sobresalientes; ante ello no escatimamos esfuerzo, presupuesto y ni siquiera el estado físico nos detiene, llegando hacer largas colas en las taquillas, para tomarnos la foto del recuerdo y ver en pocos minutos las obras maestras exhibidas, y luego algunos de estos viajeros recrean actitudes del recordado pishquista intelectual vanagloriándose en lo posterior de esta visita con familiares, amigos y colegas.
De esta manera, mientras uno recorre los principales destinos europeos, no es difícil encontrar al individuo descrito entre los concurridos pasillos del Museo del Louvre, que tropezándose entre el tumulto, busca simplemente obras como la Gioconda, la Venus o la Victoria, caso que se repite en los Museos del Vaticano, donde el turista ni siquiera se fija en las extraordinarias salas de Rafael, y corre apresurado a mirar 5 minutos los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
Así es preferible que con mochila a la espalda con los elementos esenciales y con la guía de la ciudad en la mano, descubramos siempre la esencia del lugar que visitamos, percibir los elementos tradicionales, mezclarse con la gente, encontrar entre las callejuelas esa chispa que le da vida a las urbes, y por qué no, comparar los atractivos que veamos con las de nuestro hogar.
Aún recuerdo el invierno madrileño, cuando en compañía de Matías Abad Merchán, decidimos visitar las obras de Goya y de Velásquez en el Museo Nacional del Prado, nunca nos imaginamos pasar más de dos horas con un viento frío que cual cuchillas nos perforaba el cuerpo, mientras escuchábamos un sinnúmero de idiomas y nos divertíamos contemplando los artistas callejeros que con su picardía sacaban más de una sonrisa fuera de sus bufandas a los turistas, y aunque el limitado presupuesto de estudiante nos ponía en incertidumbre, nunca dudamos en invertir los recursos que sean con tal de estar más cerca del arte en las diferentes pinacotecas de la capital madrileña.
Sin embargo, ¿hacemos lo mismo cuando nos encontramos en nuestra ciudad de origen?
Es difícil encontrar largas colas a las puertas del Museo de Arte Moderno o Museo de las Conceptas, escasos rostros infantiles miraremos en el Museo Pumapungo o en el Museo de las Culturas Aborígenes; pese a vanagloriarnos de ser la capital de la cultura del Ecuador, cada vez el cuencano de a pie, se vuelve menos participativo y pone barreras frente a cualquier tipo de manifestaciones artísticas, en la mayor parte de casos por desconocimiento que por desgano.
Interesante fue la iniciativa llevada en la última Bienal de Cuenca, donde las obras se expusieron en la calle, y aunque a muchos les causó impresión, fue interesante la repercusión que causó en los ciudadanos, que despertó en estos belleza, inconformismo, etc.; pero aún hace falta que los Museos salgan a la calle y lleguen a toda la población, que desde Sayausí hasta Monay, y desde Checa hasta Santa Ana, el conocimiento y la cultura se difundan, para que todos así podamos construir una sociedad guiada por la Luz de la razón y apoyada en la belleza del arte.
Artículo publicado en Diario El Mercurio.
* La idea de este artículo nació luego de una grata conversación con un buen amigo, al regreso de mi viaje.

Escena captada a las orillas del Sena, cerca de Notra Dame en París, los artistas callejeros siempre con su picardía y originalidad.
Este es el título que da vida a la nueva obra del escritor español Arturo Pérez Reverte, quien indica que su creación “no es ficción ni libro de historia”, sin embargo envuelve al lector en el ambiente vivido el 2 de mayo de 1808, cuando España, liderada por un grupo de sus ciudadanos inicia un levantamiento en contra de la ocupación napoleónica y que desencadenará en la guerra de independencia.
Con una descripción y relato que caen en momentos en una narración cual si se tratase de un texto escolar, el autor recoge las crónicas de esos días cuando en Madrid, hace 200 años, el espíritu revolucionario se impregnó en sus habitantes cansados del abuso por parte de los franceses, quienes amparados en el Tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), para la invasión a Portugal, excedieron sus límites sobre los acuerdos alcanzados.
El lector podrá encontrar dentro de esta obra literaria, menciones a personajes conocidos, como Francisco de Goya, quién pese a su sordera, envía a uno de sus asistentes para colaborar en el combate, mientras éste desde el balcón de su casa podrá captar en sus lienzos el espíritu de la insurrección de los madrileños, en obras conocidas como “La Carga de los Mamelucos”, “El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío”, y en su colección de grabados “Los desastres de la guerra”.
La creación de Pérez Reverte alcanza un importante valor literario respecto a la ambientación y tipo de narración, sin embargo, aquello con lo que el lector se sentirá más influenciado es la minuciosa descripción que el autor realiza respecto a los lugares donde se desarrollan las batallas, las reuniones de conspiración, los fusilamientos, etc. De tal manera, que mientras leía la novela, me vi obligado a recorrer cual si se tratasen de locaciones de cine, la Plaza de Oriente, ingresando al Palacio Real, y escudriñando entre las Puertas de: Alcalá, Atocha, Toledo, Sol, llegando a puntos que ahora son solamente estaciones de Metro como “Chamartín” o tomando trenes para llegar al Palacio de Aranjuez. Como dato curioso la casa editorial trae en su publicación un mapa de Madrid de la época, que sugiere un recorrido por la ciudad.
No extraña que literatura y marketing vayan de la mano hoy en día, un claro ejemplo es el best seller “El Código da Vinci”, el mismo que además de sus fabulosas ventas, creó rutas turísticas que las agencias de viajes publicitan y que recorren Paris, con visita al Museo de Louvre incluida, continúa en Inglaterra con la Abadía de Westminster, la Nacional Gallery y la Iglesia de San Bartolomé el Grande. Y aunque menos conocida, la novela Catedral del Mar, de Idelfonso Falcones, que relata la construcción de la iglesia catalana de Santa María del Mar, y presenta una ruta de la Barcelona Feudal del siglo XIV, la cual se ha convertido en una de las rutas obligadas para el turista, incluso llegando al extremo que existen visitas “piratas”, las mismas que no cuentan con el aval del escritor.
Así el consumismo nos persigue día a día, y ni siquiera las manifestaciones artísticas se libran de este fenómeno, solo queda acoplarnos al sistema aprovechándonos de sus fortalezas, sin por ello disminuir en la calidad de las obras.
Artículo publicado en Diario El Mercurio
La semana pasada fue inagurado en Madrid, el edificio de la Obra Social de la Caixa.
Y mientras observaba las publicidades y el bombardeo de imágenes, no sé si por nostalgia, similitudes, experiencias en otros blogs, o aquel extraño aferro al terruneo, pero en momentos lo identifiqué con esta típica postal Ateniense.


Foto vía Socayo
No importa la época del año, pues el Paseo del Prado en Madrid siempre se muestra coqueto al visitante, ya sea con el verde de sus árboles en primavera o la mordaz ausencia de color en el invierno; así mientras recorro la ciudad voy desde la Plaza de Cibeles, y disfruto de la danza del agua en la Fuente de Neptuno.
Paso a paso por la vieja alameda, cada Museo de la zona marca un hito distinto e interesante al cual los madrileños han denominado el “Triángulo del Arte”, conformado por el Museo del Prado, considerado una de las pinacotecas de mayor importancia a nivel mundial por su exclusiva colección de pintura española, italiana flamenca y holandesa de los siglos XII al XIX, mientras que la muestra que reposa en el Museo Thyssen-Bornemisza abarca principalmente artistas desde el período Gótico hasta el Siglo XX y por último, las obras el Museo Reina Sofía toman la posta hasta llegar al arte contemporáneo.
Todos los Museos se encuentran situados en edificios que además de su valor artístico e histórico, han servido de referente para el establecimiento de la museografía en pinacotecas a nivel mundial. Sin embargo, también en la administración del Arte, todo evoluciona y ahora son nuevos los recursos que se están utilizando para la exhibición de las obras, lo cual ha ocurrido en la ampliación del Museo del Prado, donde el arquitecto Rafael Moneo ha sido el encargado de transformar parte del gran templo madrileño que alberga a Velázquez, Goya y el Greco, acoplándolo al antiguo claustro de los Jerónimos.
Con la utilización de nuevos conceptos, hacen que desde el exterior el visitante no se percate de la conexión entre los dos edificios, mientras al interior la utilización de otro tipo de materiales e incluso el incorporar elementos funcionales como escaleras eléctricas, salas de descanso y para talleres, cafetería, etc., otorgan un ambiente distinto que brinda una suspensión mental al espectador que sale de una exposición con saturación de obras maestras y lo traslada a inmensas salas donde persiste el uso de pigmentos poco usuales en sus paredes y donde actualmente se exponen cuadros de gran formato de artistas españoles del Siglo XIX, “La Mitología e Historia Sagrada en el Siglo de Oro” a través de las Fábulas de Velásquez, y el manejo del movimiento a través de la muestra de “El toro mariposa” de Goya.
No solo hacen falta recursos para la correcta administración cultural en los Museos, pues ideas innovadoras y a veces aventuras en pro del desarrollo de la cultura, han hecho que espacios que en ocasiones no despertaban mayores expectativas, sean transformados en lugares donde el aprendizaje, la investigación y la retroalimentación que recibe el visitante sean una constante.
Así en Cuenca, tenemos interesantes proyectos que muestran propuestas al respecto, como la administración cultural llevada en el Museo de Pumapungo, que nos transporta a una interesante interacción arqueológica, étnica y natural; rescatar también en otra escala, el minucioso trabajo llevado por el Museo de Esqueletología, aportando nuevos métodos y recursos a la educación ambiental. Así se demuestra que los recursos económicos son importantes, pero lo trascendental es el ingenio y la capacidad de transformar lo rutinario en mágico, y lo común en insólito.
* Artículo publicado en Diario El Mercurio











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