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Imagen vía www.alumni.uwo.ca
Son las nueva de la noche, y la lluvia no ha parado de caer durante todo el día en la ciudad, y salgo al patio y miro el neumático de mi auto totalmente en el piso, aún vestido de terno, me siento impotente y no puedo hacer nada, tomo el celular y llamo a un servicio de radio taxi, en pocos minutos un chofer profesional llega a la casa, cambia la goma y luego de parcharla la coloca nuevamente en el coche. Frente a esta escena, mi padre mira por la ventana y finge una sonrisa.
El año en el que nacía, el doctor Dan Kiley, definía el síndrome “Peter Pan”, al prototipo de joven competente y debidamente capacitado económica e intelectualmente, pero que por “conveniencia”, decide quedarse a vivir en casa de sus padres.
Esta opción ante la vida también ha sido calificada como “generación canguro”, pues son todos esos jóvenes que se quedan al cobijo de sus progenitores, y disfrutan de los beneficios que posé un soltero y un casado a la vez, pues al ser profesionales cuentan con suficientes recursos económicos para cubrir sus caprichos, como un automóvil del año, ropa de marca, su pareja vive fuera por lo que no se preocupa de la renta, y sobre todo aún su mamá le lava la ropa, tiene casa, y nunca le faltará una comida.
Escribir sobre este tema realmente me cuesta, puesto que muy a mi pesar, encajo en algunas definiciones. No hace poco, mientras estudiaba en el extranjero, tuve que aprender todas las tareas de casa, como lavar, cocinar, planchar y sobre todo saber administrar mis fondos para llegar hasta fin de mes con algo de dinero en el bolsillo. Claro que en Europa gané conocimientos, experiencia e independencia, hasta pensaba que al llegar seguiría viviendo sólo, pero me equivoqué.
Así, solo hace unas décadas, los jóvenes ansiaban terminar el colegio, o en su defecto la universidad para independizarse, en nuestro medio lo hacían a través del matrimonio, sin embargo, ahora no hay apuro, pues inventamos las más variadas justificaciones para seguir en casa, como que nuestra sociedad cada día nos exige mayor excelencia, y debemos optar por especializaciones y posgrados y por ello no podemos formar una familia y dejar el hogar, o que cada día queremos cubrir más nuestras exigencias y necesidades y con nuestros sueldos actuales es difícil pagar los propios, y peor lo podríamos hacer para una familia entera.
Ante esto, nuestros padres no se encuentren “tan molestos” como podríamos pensar, pues para las madres nunca existirá la pareja “perfecta” para sus hijos, y hasta que eso llegue, es preferible tenernos seguros y a “salvo” en casa. Pero esto puede conducirnos a una eterna inmadurez, en la cual huyamos a los compromisos y a las responsabilidades lógicas que nos da la vida.
Si bien es cierto, nadie puede negar que es increíble tener la camisa planchada y perfumada, la comida lista, el desayuno a la hora adecuada, la cama tendida, etc., y sobre todo ese gran margen para ahorrar casi la totalidad de nuestros sueldos para darnos nuestros “gustitos”, sin embargo, es tiempo de dejar el egoísmo y asumir los retos y responsabilidades del día a día para crear una mejor sociedad.
Si el prototipo que le he descrito, no le calza directamente a usted amable lector, de seguro algún familiar o conocido le sucede.
Lo publiqué en Diario El Mercurio

Aprovechando los generosos feriados decretados en el país, muchos ecuatorianos viajaron para compartir con sus familias a diferentes destinos turísticos del Ecuador. La gran afluencia de pasajeros a las terminales terrestres fue la constante, primando en estos el desorden, el aglomeramiento y la inseguridad.
No faltaron las noticias de nuevos asaltos a unidades de transporte público en las vías de nuestra provincia, situaciones que generan pánico a turistas y pasajeros que diariamente se desplazan por estas rutas.
En mi caso personal, me vi obligado a retornar de la provincia de Santa Elena en autobús. Realmente pensé que la experiencia iba a ser del todo calmada, sin embargo me equivoqué.
Al llegar al Terminal Terrestre de Salinas, ni siquiera me acercaba a la venta de boletas, y por algún motivo extra sensorial, dos individuos ya sabían dónde me dirigía, y pese a encontrarme a tiempo, me indicaron que el autobús ya estaba saliendo y que debía correr por los pasillos, caso contrario lo perdía, así que obedecí cada una de sus órdenes; en ese momento comprendí que era un serrano fácil de engatusar.
Al abordar el vehículo me acomodé en mi asiento, saqué un libro y me coloqué mis audífonos, sin embargo no pasaron más de 3 minutos, y los parlantes del bus se encendieron con la selección de la bachata más rebuscada y el reguetón de contenido, anulando a mis audífonos, e incorporándome a un mundo extraño en donde la música no se la califica por su armonía ni por su contenido, simplemente por la estridencia.
Realmente agradecí al llegar a Guayaquil y cambiar de ambiente en una terminal de pasajeros con todos los servicios, y totalmente amigable al turista. Atrás quedaban mis recuerdos de la infancia cuando llegar a la Estación Jaime Roldós, significaba estar cerca de un verdadero infiernillo. Pese a las comodidades que ofrece esta moderna infraestructura de transferencia, al subir nuevamente al autobús, el caos volvió a hacerse presente, pues la impuntualidad en el cumplimiento de las frecuencias realmente molesta, y mientras me acomodaba en mi puesto, el pasajero de mi lado se encontraba en un avanzado estado etílico, lo que lo llevó a caer totalmente dormido en mi hombro durante las cuatro horas de regreso.
El autobús se detuvo en casi todas las poblaciones para recoger pasajeros, incumpliendo así las políticas de las empresas que sostienen que el viaje se realiza directo a la ciudad, sin paradas. En cada momento que alguien ingresaba a la unidad mi nerviosismo se incrementaba pues se dice que la mayor parte de asaltos ocurre justamente porque en el trayecto los delincuentes suben a los buses. Mi viaje fue interminable, y el tiempo transcurría lento, muy lento mientras pasábamos lugares críticos donde ocurren este tipo de delitos, como El Tamarindo, Yerba Buena hasta llegar a Molleturo, sin embargo tuve la suerte de no ser uno más de los asaltados en estas vías de la provincia.
A usted querido lector, la descripción le parecerá un viaje a lo más profundo de Macondo o de un día más en Haití, pero No, todo lo narrado sucede en Ecuador; un país que quiere crecer en base a su promoción turística. Los recursos naturales no nos faltan, tampoco los destinos, sin embargo si queremos potenciar estas actividades, primero debemos trabajar en la comodidad, seguridad y atención que un turista y que cada uno de nosotros nos merecemos, pero que a veces tememos en exigirlo.
Lo publiqué en El Mercurio
Photo by: Marcelo Bolaños – Cuenca Ecuador
En la tarde mientras regresaba a casa, el sol caía por detrás de las montañas e iluminaba toda la vegetación que rodea a la ciudad, era una especie de claro oscuro que se produce previa a una tormenta, pues el cielo encapotado creaba un ambiente más dramático, y fue entonces cuando me pregunté ¿cuál es el color de Cuenca?
Nadie mejor para conversar sobre este tema que con un especialista en la cromática y el arte, mi padre; quien definitivamente se inclina que Cuenca es una mezcla de azul y verde, sin embargo él capaz lo mira así por ese tinte verdoso que siempre ha cubierto sus creaciones vegetales en su obra.
Aún la duda persistía, y fue en una interesante conversación con un grupo de arquitectos que surgieron nuevos colores a los que nunca me había percatado ni siquiera, casi de manera unánime para ellos nuestra ciudad es roja, por los colores de las tierras de sus tejados que en el centro histórico crean una especie de monocromía de colores, que junto al musgo y la humedad a lo mejor reflejan el milenario trabajo de los alfareros de la región.
Ya con estos dos interesantes criterios parecía que ya mis dudas se aclaraban un poco más, y fue hasta que encontré la opinión de un biólogo y científico, como mi hermano, para quien el elemento principal de la ciudad es el agua, la misma que no solo ha sentado las características geográficas para la zona, sino que ha influenciado altamente en su desarrollo. Ahí pude comprender que los cabellos de plata que forman el Tomebamba, Tarqui, Yanuncay y Machángara, y el consecuente enlace con sus puentes, son elementos de los que nunca nos fijamos quienes amamos a esta ciudad, y que son los nexos de unión no solo a nivel de comunicaciones, sino de formas, vidas y colores.
Resulta interesante también el análisis de los colores que pueden encontrarse en nuestra ciudad, si nuestra óptica cambia y la hacemos de manera aérea, pues podremos contemplar una especie de marco verde azulado que conforman las montañas de la zona, las mismas que contienen al rojo naranja de las casonas históricas, y el verde de la vegetación que se levanta al margen de sus ríos que lentamente se deslizan como serpientes por el cuerpo de la ciudad.
Sin embargo mi apreciación no será la única, y todo dependerá muchas veces de las luces que cree nuestro enigmático Sol andino, así como de los miradores donde nos situemos, la hora del día en la que nos encontremos, y hasta la compañía que tengamos.
Cuenca guarda grandes tesoros por descubrir, sin embargo a veces nos concentramos simplemente en su congestión vehicular, su inseguridad, o en cualquier otro aspecto negativo; no solo son interesantes los colores que guarda nuestra urbe, sino sus olores de barro, incienso y romero, sus sabores, y la calidez de su gente.
Le invito amigo lector a ver cada día diferente a nuestra ciudad, a rescatar los aspectos positivos de la misma, y juntos poder construir un imaginario ciudadano diferente, lleno de alegrías, valores y cariño por la amada Cuenca.
Lo publiqué en El Mercurio
Photo by denialpolez
Hace veintiséis años la parada militar por el aniversario de la Santa Ana de los ríos pasaba por la artería principal de la ciudad, la adoquinada calle Bolívar recibía a las fuerzas armadas que desfilaban ante la expectativa de todos los ciudadanos. En ese tres de noviembre la primera luz que miré ante mi llegada al mundo fue el resplandor del astro rey en una de las cúpulas de la Catedral de la Inmaculada, reflejo que llegaba directamente a una de las habitaciones de la recordada clínica Vega donde me encontraba.
A lo mejor este antecedente hizo que sea un poco más cuencano y que quiera a mi ciudad de una manera intensa y diferente. Así en mi corta edad, he podido ver algo de la evolución que ha tenido la urbe en el transcurso de los años, dándome cuenta que es nuestra obligación regresar a las raíces que han hecho grande a la ciudad, que son justamente sus habitantes, quienes poseen sólidos principios morales, preparación académica y calidez.
Sin lugar a dudas nuestra urbe se encuentra en un constante proceso de transformación, sin embargo existen algunas situaciones que permanecen estáticas, y es necesario fomentar su cambio; me refiero a las actividades organizadas para homenajear a nuestra ciudad en su Independencia, pues la pregunta es ¿realmente existe una política cultural en nuestra administración local?, o simplemente se piensa en desfiles, ferias sin ninguna innovación y repetitivas, tecnocumbieras en tarimas, y conciertos populares.
No es mi deseo criticar la alegría y algarabía que se crean en los eventos masivos, donde los cuencanos liberan sus preocupaciones y festejan a su ciudad, pero también no debemos olvidar que somos Patrimonio Cultural de la Humanidad, y hasta el momento no contamos con una política cultural, entendida como esa gestión de las manifestaciones artísticas: teatro, museos, industria audio-visual etc.
Aún seguimos dando mayor importancia a las megaobras, que dan paso a los grandes actos inaugurales, dejando abandonados los proyectos que realmente propicien condiciones favorables para el desarrollo del arte y de las expresiones culturales.
Por ello es necesario que los ciudadanos promovamos el inicio de una discusión respecto de los parámetros que deberían ser tomados en cuenta para el manejo de la cultura dentro de la urbe. Solamente de esta manera podremos conseguir una política cultural congruente, seria, democrática, lúcida, desprovista de excesos y de ignorancia, con una dimensión realmente incluyente y tolerante.
La participación ciudadana debe ser tomada en cuenta en todos los procesos, a veces creemos que solamente este principio puede ser aplicable al tema político o electoral, sin embargo debemos comprender que la esfera de intervención del individuo en la cosa pública es mucho más amplia, y estamos llamados a modificar y colaborar con la renovación de conceptos y estructuras, para que en el futuro Cuenca tenga las fiestas que realmente se merece.

Uno de los problemas que más preocupa a los ciudadanos dentro de nuestra ciudad, es la Inseguridad, la cual pese a no ser tan grave como la que se vive en la Capital de la República o el Puerto Principal, se ha venido incrementando en la última década, y las medidas para combatir esta realidad, han quedado simplemente como “parches”, que simplemente han apaciguado los ánimos de quienes de una u otra forma reclaman por una villa en paz.
Debido al ambiente en el que vivimos, los padres de familia poco a poco se han ido convirtiendo en verdaderos “chóferes” de sus hijos, los cuales ante el alto riesgo que corren de que estos sean asaltados mientras caminan o toman el transporte público para dirigirse a las escuelas, academias, o actividades extracurriculares, optan por transportarlos y llevarlos de puerta a puerta, sin embargo, ¿hasta qué punto es factible vivir en esta burbuja de seguridad?
Somos conscientes que muchos barrios de nuestra urbe, los cuales guardan gran riqueza histórica y arquitectónica, son ahora verdaderos conventillos, donde las desigualdades sociales que atraviesan sus habitantes, les ha llevado a caer en actividades ilícitas, con la consecuente creación de inseguridad en dichos sectores; si bien es cierto, algunos proyectos de regeneración urbana, han sido puestos en marcha, el trabajo que se necesita en estas zonas debe ser integral.
Ya que más allá de poner un farol, pintar la fachada de la casa, o arreglar una vía, se debe trabajar con la gente, y satisfacer sus verdaderas necesidades, no solo hace falta maquillar la pobreza, o esconder a los mendigos detrás de grandes plataformas de concreto, para que turistas y autoridades nacionales crean que en Cuenca se percibe un ambiente de calma todos los días, y que en realidad se busca que la gente viva mejor.
Es por ello que si todos tenemos la aspiración de construir una ciudad donde nuestros hijos puedan transitar libremente sin temor a ser asaltados, y donde nuestras madres puedan subir tranquilamente al autobús sin que corran el riesgo de ser víctimas de un carterista, que se lleve el dinero de la compra para la semana; es necesario desarrollar dos factores fundamentales para luchar contra el fenómeno de la inseguridad ciudadana.
El primero se basa en eliminar las causas que llevan a los rufianes a delinquir, a través de una correcta aplicación de justicia social, que contemple que todos los ciudadanos tengan iguales oportunidades, así como lograr una correcta reintroducción de los sujetos de alto riesgo, a través de actividades productivas.
Y el segundo, sin duda es apropiarnos los cuencanos de nuestros espacios públicos, ya que toda plaza, parque, calle, son nuestras, y son para nuestro esparcimiento e integración. Así, cuando ciudadanos honestos y respetuosos logren llegar a ese nivel de apropiación, que conlleva un control implícito de esos espacios, al sentir cercanía, creará un efecto multiplicador donde los ciudadanos seamos los verdaderos guardianes de la ciudad, y de esta manera niños, jóvenes y adultos, podremos disfrutar a plenitud de una ciudad tan bella, aunque a veces insegura, como la Atenas del Ecuador.
Lo publiqué en Diario El Mercurio
No importa la edad en la que nos encontremos, ya sea de niño, joven o adulto, siempre encontramos una excusa a la hora de organizar nuestro tiempo, siendo así que en ocasiones dejamos de cumplir nuestros objetivos, simplemente porque no supimos fijarnos una agenda clara, y cuando los plazos están a punto de fenecer hacemos todo lo posible para cumplir las actividades, generando un caos en nuestras vidas, que lo solemos trasladar a la esfera pública y privada.
De la misma forma, la planificación integral dentro de una urbe, puede sufrir en determinadas circunstancias, severos colapsos, por ejemplo cuando se intenta reparar las vías en un sinnúmero de frentes, y si a esto se le suma que en Cuenca, la ciudad de los desfiles, todos los días la calle Simón Bolívar recibe una marcha de algún gremio en protesta, una peregrinación religiosa, o a alguna reina que quiere hacerse presente con su séquito, los resultados son que el tráfico vehicular ya no soporta más, y la única alternativa que tenemos los ciudadanos, es caminar.
Así, cuando decidí dejar el auto en mi hogar, emprendí un recorrido por la ciudad para hacer los trámites propios de mi profesión, poco a poco empecé a encontrarme con infinidad de letreros que anuncian las obras realizadas por la administración local, los cuales describen desde proyectos de arborizaciones, reparaciones de aulas escolares, vías pavimentadas, etc., todos manteniendo los minuciosos parámetros de imagen de los asesores de la municipalidad, quienes se encuentran trabajando en vendernos a los cuencanos los maravillosos beneficios obtenidos durante los últimos 4 años.
Me parece improductivo, iniciar en los últimos 6 meses de una administración, una campaña agresiva donde se muestren las bondades de un equipo de trabajo que ha estado a cargo de una ciudad. Los ciudadanos sabemos cuándo las cosas valen o no la pena, no hace falta un lavado de cerebro, donde se nos indique que es lo bueno.
Estamos viviendo un fenómeno similar al que atraviesa el escolar al final del año, cuando ve que su viaje de fin de curso peligra por su rendimiento durante todo el ciclo de estudios, y es al final cuando se compromete y quiere mostrar ante su superior lo mucho que ha trabajado. En el caso cuencano, sabremos si la recompensa llega traducida en una reelección o en un cambio de rumbos con un nuevo equipo.
Las fichas electorales a nivel local aún no se han empezado a mover, leves acciones se han tomado, nadie dice nada hasta no saber los resultados del referéndum aprobatorio de septiembre, solo hasta ese momento sabremos las tendencias que se tomarán tanto a nivel local, como nacional.
Lo importante sería que todos los movimientos políticos y sociales vayan recogiendo las verdaderas necesidades de los habitantes del cantón, para poder crear una propuesta que realmente identifique a los ciudadanos de Cuenca, y no se quiera dejar siempre a último momento las cosas que se pueden hacer con planificación y coordinación.
Hasta que todo esto suceda, no me quedará más que seguir caminando por mi Cuenca, admirándola y queriéndola, abstrayéndome de los letreros pre-electorales, que la han convertido en una ciudad etiquetada.
Lo publiqué en Diario El Mercurio
Cuando este blog (Ateniense en Madrid), se encuentra a punto de cumplir su primer año; el medio español Tribuna Latina lo ha incluido en el ranking, de los 20 blogs, que a criterio de su redacción, les ha llamado su atención.
Es interesante que nos incluyan en su lista, y nos da una razón más para continuar escribiendo, y convertir a esta bitácora en un espacio que muestre la realidad latinoamericana y europea, desde una óptica distinta.

Madrid.- Entre mezcla de ilusión y curiosidad, cada vez que viajamos a alguna ciudad nos desvivimos por conocer la mayor parte de monumentos históricos, plazas, atractivos naturales, y sobre todo los museos más sobresalientes; ante ello no escatimamos esfuerzo, presupuesto y ni siquiera el estado físico nos detiene, llegando hacer largas colas en las taquillas, para tomarnos la foto del recuerdo y ver en pocos minutos las obras maestras exhibidas, y luego algunos de estos viajeros recrean actitudes del recordado pishquista intelectual vanagloriándose en lo posterior de esta visita con familiares, amigos y colegas.
De esta manera, mientras uno recorre los principales destinos europeos, no es difícil encontrar al individuo descrito entre los concurridos pasillos del Museo del Louvre, que tropezándose entre el tumulto, busca simplemente obras como la Gioconda, la Venus o la Victoria, caso que se repite en los Museos del Vaticano, donde el turista ni siquiera se fija en las extraordinarias salas de Rafael, y corre apresurado a mirar 5 minutos los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
Así es preferible que con mochila a la espalda con los elementos esenciales y con la guía de la ciudad en la mano, descubramos siempre la esencia del lugar que visitamos, percibir los elementos tradicionales, mezclarse con la gente, encontrar entre las callejuelas esa chispa que le da vida a las urbes, y por qué no, comparar los atractivos que veamos con las de nuestro hogar.
Aún recuerdo el invierno madrileño, cuando en compañía de Matías Abad Merchán, decidimos visitar las obras de Goya y de Velásquez en el Museo Nacional del Prado, nunca nos imaginamos pasar más de dos horas con un viento frío que cual cuchillas nos perforaba el cuerpo, mientras escuchábamos un sinnúmero de idiomas y nos divertíamos contemplando los artistas callejeros que con su picardía sacaban más de una sonrisa fuera de sus bufandas a los turistas, y aunque el limitado presupuesto de estudiante nos ponía en incertidumbre, nunca dudamos en invertir los recursos que sean con tal de estar más cerca del arte en las diferentes pinacotecas de la capital madrileña.
Sin embargo, ¿hacemos lo mismo cuando nos encontramos en nuestra ciudad de origen?
Es difícil encontrar largas colas a las puertas del Museo de Arte Moderno o Museo de las Conceptas, escasos rostros infantiles miraremos en el Museo Pumapungo o en el Museo de las Culturas Aborígenes; pese a vanagloriarnos de ser la capital de la cultura del Ecuador, cada vez el cuencano de a pie, se vuelve menos participativo y pone barreras frente a cualquier tipo de manifestaciones artísticas, en la mayor parte de casos por desconocimiento que por desgano.
Interesante fue la iniciativa llevada en la última Bienal de Cuenca, donde las obras se expusieron en la calle, y aunque a muchos les causó impresión, fue interesante la repercusión que causó en los ciudadanos, que despertó en estos belleza, inconformismo, etc.; pero aún hace falta que los Museos salgan a la calle y lleguen a toda la población, que desde Sayausí hasta Monay, y desde Checa hasta Santa Ana, el conocimiento y la cultura se difundan, para que todos así podamos construir una sociedad guiada por la Luz de la razón y apoyada en la belleza del arte.
Artículo publicado en Diario El Mercurio.
* La idea de este artículo nació luego de una grata conversación con un buen amigo, al regreso de mi viaje.

Madrid.- Durante la última semana hemos sido testigos de numerosas manifestaciones religiosas que se han llevado a cabo en calles, templos, y hasta en los hogares de los cristianos practicantes, quienes durante estos días en actos de reflexión y contrición han expresado su ferviente devoción. Países como el Ecuador, donde alrededor del 90 por ciento de su población se define como católica, no faltaron las procesiones como el Cristo del Consuelo en el puerto principal, Jesús del Gran Poder en la capital, y como no recordar la tradicional visita de las iglesias en la Atenas del Ecuador, donde los cuencanos aprovechamos no solo para la celebración religiosa, sino que la complementamos con esa pasarela social tan nuestra, donde los coqueteos se esconden detrás de las velas, y las miradas se intercambian por las rendijas de las bancas de los templos.
Así entre “capirotes”, como les llaman a nuestros tradicionales “cucuruchos” en España, las 17 comunidades autónomas vivieron procesiones de todo tipo, las mismas que por momentos llevaron a nuestros compatriotas a trasladarse por minutos a su tierra, pues el parecido y el colorido de los personajes, que con el fuerte olor a incienso que deambulaba por las calles, creaba una especie de atmósfera especial donde las creencias y la convicción de cada uno de los asistentes, hacían que los asistentes podamos sentir un efecto energético diferente, algo muy cercano a la paz.
La sensación que pude experimentar, muchas otras personas la han compartido, no necesariamente en la Semana Santa, sino en las distintas manifestaciones religiosas que se desarrollan por todo nuestro país, así mientras los peregrinos marchan por las frías cordilleras del Azuay y Loja, con su único objetivo de visitar a su “churona”, o más al norte cuando quienes pasando por Guayllabamba caminan cientos de kilómetros solamente para saludar a su Virgen del Quinche.
Muchos agnósticos consideran que todo este tipo de situaciones por las cuales atraviesan los fieles, es simplemente producto de un dogmatismo religioso que lleva a los creyentes incluso a vivir situaciones de catarsis, las mismas que luego se les atribuye como milagros. Sin embargo, un análisis mucho más objetivo, nos lleva a concluir que la convicción, sentimiento y respeto con la cual toda esta gente realiza sus actos, sin duda crea una atmósfera especial la cual alejándonos del dogmatismo y el fanatismo, instaura ese silencio interior que todos algún día necesitamos experimentar.
En una experiencia similar, pero al otro lado del charco, hace poco fue la segunda ocasión que realicé la última etapa del camino de Santiago de Compostela; pese a que menos de la mitad de las personas que lo hacen, han dejado de lado el valor religioso del mismo, el paisaje y la confraternidad que se vive en su interior, hace que la experiencia sea inolvidable, ya que se unen en un mismo trayecto ciudadanos de todas las nacionalidades, y sin importar ideologías y religiones caminan juntos para alcanzar la misma meta. Todo este tipo de actividades para muchos simplemente son experiencias turísticas, para otros son lecciones de vida y demostraciones de fe, lo importante es recordar que la libertad religiosa y de pensamiento hace que dentro de un mismo territorio podamos convivir con diferentes visiones, donde el respeto a las mismas sea la constante para alcanzar una verdadera armonía social.
Artículo publicado en Diario El Mercurio.
La semana pasada fue inagurado en Madrid, el edificio de la Obra Social de la Caixa.
Y mientras observaba las publicidades y el bombardeo de imágenes, no sé si por nostalgia, similitudes, experiencias en otros blogs, o aquel extraño aferro al terruneo, pero en momentos lo identifiqué con esta típica postal Ateniense.














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