El Yuppie Ateniense

por Andrew

En la década de los ochenta se inició el uso de la denominación yuppies (young urban professional) por sus siglas en inglés, a los jóvenes profesionales urbanos, a ese emergente grupo de individuos que una vez superados los períodos liberales de los setentas, con la revolución sexual y cultural de la mano, vieron que era hora de regresar a las prestigiosas aulas universitarias, titularse, e incorporarse en la rutinaria vida consumista que daba inicio.

Muchos críticos han calificado a este colectivo, como un aborrecible evolución del ser humano hacia el materialismo y hedonismo que lleva al desprendimiento de la idea de formación de una familia, al cual se lo trata de matizar con la imagen de éxito ya sea en la faceta empresarial o intelectual; sin embargo, ¿hasta que punto es “detestable” este estereotipo de obrero de cuello blanco?

Podríamos decir que este fenómeno se ha reproducido de manera acelerada en nuestra ciudad, pues gran cantidad de cuencanos de las últimas generaciones han visto traducido su ideal de éxito en todo tipo de aventuras que le lleven a explorar ya sea de manera académica o artística el viejo continente. A veces hasta sin darnos cuenta, y cual si se tratase de un reflejo condicionado, buscamos emular los grandes viajes realizados por nuestros poetas y literatos de inicios del siglo XX, e identificamos a la ciudad Luz o Madrid como nuestros referentes, y creemos que por el simple hecho de visitar estas comarcas, por osmosis el conocimiento se nos pegará y regresaremos a nuestra natal Cuenca, como verdaderas lumbreras de sabiduría.

Si la descabellada experiencia que le he narrado, no la ha vivido usted amable lector en carne propia, de seguro algún familiar o conocido la haya pasado. Sin importar el marco temporal, unos cargados su tocadiscos, walkman, discman y ahora los más evolucionados el ipod, el ilustre ateniense se ha desprendido de su Santa Ana de los cuatro ríos, y en un viaje cargado de sueños y esperanzas se ha enrumbado al otro lado del charco para deambular por Les Champs-Élysées, o inspirarse en aquel capullito de Amancay que dejó, mientras ve que las aguas del Sena se niegan a alejarse, o a lo mejor solamente persigue sus proyectos que se escapan en las fuentes de Florencia, y se quedan estáticos en las aulas de una de las universidades de Madrid.

Mientras escribe y estudia en un departamento diminuto que logró alquilar en una de estas ciudades, se da cuenta que su realidad dista mucho de esa aspiración mágica que tuvo cuando aún vivía en su ciudad natal. A pesar que el arte y la hermosura del paisaje europeo lo ha deslumbrado, ahora más que nunca es consciente que tiene que regresar a su país, y se compromete a que con el conocimiento adquirido podrá contribuir a engrandecer su patria.

A su llegada al Ecuador, nuevamente se da cuenta que sus sueños le son ingratos, y pese al sin número de títulos académicos que ha obtenido, las puertas no se le abren fácilmente, pero aún así sabe que debe construir una sociedad más justa, ese lugar donde todos quisiéramos que nuestros hijos crezcan. Así esa errónea idea del Yuppie Ateniense que les he narrado solo podrá vivir en el imaginario colectivo de cada uno de los cuencanos, o me equivoco?

Artículo publicado en Diario El Mercurio

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