De regreso a casa

por Andrew

Cargado de maletas, esperanzas y conocimientos, en la madrugada del verano de Madrid, tomé el metro para dirigirme al aeropuerto, eran los últimos minutos en los que sentiría esa multiculturalidad que alberga la península ibérica, solo bastaba mirar alrededor y el 80% de los ocupantes del vagón eran inmigrantes, cada uno con su historia, sus problemas y su lengua creando una melodía que me mecía en el asiento durante el recorrido.

Al llegar al aeropuerto de Barajas, mi equipaje se volvía cada vez más pesado, me llevaba muchos recuerdos y experiencias, y era momento de partir; visité por última vez el mural de Guayasamín antes de pasar el filtro de migración, y me apresuré a abordar la aeronave. Durante las 13 horas de vuelo, escuché un sinnúmero de historias de mis compañeros de viaje, casi todos trabajadores que regresaban por un mes al Ecuador, y en sus pupilas podía ver la ilusión que tenían de su retorno, sin embargo estas en momentos se cargaban de lágrimas cuando me narraban sus duras aventuras en territorio europeo.
Ya en Quito, me despedí de mis improvisados amigos, a algunos aún les faltaba un largo viaje para reencontrarse con sus seres queridos en algún paraje desconocido de la Amazonía, mientras otros alegres subían en las camionetas que les esperaban para conducirlos a sus hogares.

En mi caso, mi objetivo era claro, deseaba llegar a Cuenca lo más pronto posible, es por ello que cuando arribé a la Atenas, pese a que un velo de llovizna cubría la ciudad de la eterna primavera, quería caminar por sus calles empedradas y sentir la energía de sus ríos, sin embargo mientras avanzaba por las plazas y parques, una costra de concreto cubre ahora nuestros espacios que nos recordaban nuestra historia, tradiciones e identidad.

Algunas de las grandes casonas insignias de nuestra ciudad ya no están, y no han sido derruidas por el tiempo, sino por la mano del hombre con el aval de una Administración, que prefiere poner casetas metálicas, frías y antiestéticas en la “Plaza de las Flores”, espacio que reflejaba antes de su intervención, justamente uno de los criterios que tomó la UNESCO para la declaratoria de Cuenca como Ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, que es el éxito de la fusión de las distintas sociedades y culturas en América Latina que se encuentra claramente simbolizado por el diseño y paisaje de la ciudad.

Si bien es cierto, errar es humano, ocultar los errores es imperdonable, es por ello que no se deben maquillar las cosas, y usar un elaborado plan de marketing para crear una imagen electoralmente aceptable. Creo, que aún es tiempo de rectificar, y resolver los verdaderos problemas de nuestra ciudad.

Los cuencanos queremos una ciudad segura, saludable, una urbe donde podamos desarrollar nuestro futuro, y esto solamente lo podremos conseguir con una administración que mezcle experiencia y juventud, donde la innovación tecnológica conviva con el respeto a los bienes patrimoniales, a la identidad de la gente, pero sobre todo con personas que quieran a esta Cuenca de los Andes.

Lo publiqué en Diario El Mercurio

Anuncios