El color de Cuenca

por Andrew

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Photo by: Marcelo Bolaños – Cuenca Ecuador

En la tarde mientras regresaba a casa, el sol caía por detrás de las montañas e iluminaba toda la vegetación que rodea a la ciudad, era una especie de claro oscuro que se produce previa a una tormenta, pues el cielo encapotado creaba un ambiente más dramático, y fue entonces cuando me pregunté ¿cuál es el color de Cuenca?

Nadie mejor para conversar sobre este tema que con un especialista en la cromática y el arte, mi padre; quien definitivamente se inclina que Cuenca es una mezcla de azul y verde, sin embargo él capaz lo mira así por ese tinte verdoso que siempre ha cubierto sus creaciones vegetales en su obra.

Aún la duda persistía, y fue en una interesante conversación con un grupo de arquitectos que surgieron nuevos colores a los que nunca me había percatado ni siquiera, casi de manera unánime para ellos nuestra ciudad es roja, por los colores de las tierras de sus tejados que en el centro histórico crean una especie de monocromía de colores, que junto al musgo y la humedad a lo mejor reflejan el milenario trabajo de los alfareros de la región.

Ya con estos dos interesantes criterios parecía que ya mis dudas se aclaraban un poco más, y fue hasta que encontré la opinión de un biólogo y científico, como mi hermano, para quien el elemento principal de la ciudad es el agua, la misma que no solo ha sentado las características geográficas para la zona, sino que ha influenciado altamente en su desarrollo. Ahí pude comprender que los cabellos de plata que forman el Tomebamba, Tarqui, Yanuncay y Machángara, y el consecuente enlace con sus puentes, son elementos de los que nunca nos fijamos quienes amamos a esta ciudad, y que son los nexos de unión no solo a nivel de comunicaciones, sino de formas, vidas y colores.

Resulta interesante también el análisis de los colores que pueden encontrarse en nuestra ciudad, si nuestra óptica cambia y la hacemos de manera aérea, pues podremos contemplar una especie de marco verde azulado que conforman las montañas de la zona, las mismas que contienen al rojo naranja de las casonas históricas, y el verde de la vegetación que se levanta al margen de sus ríos que lentamente se deslizan como serpientes por el cuerpo de la ciudad.

Sin embargo mi apreciación no será la única, y todo dependerá muchas veces de las luces que cree nuestro enigmático Sol andino, así como de los miradores donde nos situemos, la hora del día en la que nos encontremos, y hasta la compañía que tengamos.

Cuenca guarda grandes tesoros por descubrir, sin embargo a veces nos concentramos simplemente en su congestión vehicular, su inseguridad, o en cualquier otro aspecto negativo; no solo son interesantes los colores que guarda nuestra urbe, sino sus olores de barro, incienso y romero, sus sabores, y la calidez de su gente.

Le invito amigo lector a ver cada día diferente a nuestra ciudad, a rescatar los aspectos positivos de la misma, y juntos poder construir un imaginario ciudadano diferente, lleno de alegrías, valores y cariño por la amada Cuenca.

Lo publiqué en El Mercurio

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