¡Mami, no me quiero ir de casa!

por Andrew

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Imagen vía www.alumni.uwo.ca

Son las nueva de la noche, y la lluvia no ha parado de caer durante todo el día en la ciudad, y salgo al patio y miro el neumático de mi auto totalmente en el piso, aún vestido de terno, me siento impotente y no puedo hacer nada, tomo el celular y llamo a un servicio de radio taxi, en pocos minutos un chofer profesional llega a la casa, cambia la goma y luego de parcharla la coloca nuevamente en el coche. Frente a esta escena, mi padre mira por la ventana y finge una sonrisa.

El año en el que nacía, el doctor Dan Kiley, definía el síndrome “Peter Pan”, al prototipo de joven competente y debidamente capacitado económica e intelectualmente, pero que por “conveniencia”, decide quedarse a vivir en casa de sus padres.

Esta opción ante la vida también ha sido calificada como “generación canguro”, pues son todos esos jóvenes que se quedan al cobijo de sus progenitores, y disfrutan de los beneficios que posé un soltero y un casado a la vez, pues al ser profesionales cuentan con suficientes recursos económicos para cubrir sus caprichos, como un automóvil del año, ropa de marca, su pareja vive fuera por lo que no se preocupa de la renta, y sobre todo aún su mamá le lava la ropa, tiene casa, y nunca le faltará una comida.

Escribir sobre este tema realmente me cuesta, puesto que muy a mi pesar, encajo en algunas definiciones. No hace poco, mientras estudiaba en el extranjero, tuve que aprender todas las tareas de casa, como lavar, cocinar, planchar y sobre todo saber administrar mis fondos para llegar hasta fin de mes con algo de dinero en el bolsillo. Claro que en Europa gané conocimientos, experiencia e independencia, hasta pensaba que al llegar seguiría viviendo sólo, pero me equivoqué.

Así, solo hace unas décadas, los jóvenes ansiaban terminar el colegio, o en su defecto la universidad para independizarse, en nuestro medio lo hacían a través del matrimonio, sin embargo, ahora no hay apuro, pues inventamos las más variadas justificaciones para seguir en casa, como que nuestra sociedad cada día nos exige mayor excelencia, y debemos optar por especializaciones y posgrados y por ello no podemos formar una familia y dejar el hogar, o que cada día queremos cubrir más nuestras exigencias y necesidades y con nuestros sueldos actuales es difícil pagar los propios, y peor lo podríamos hacer para una familia entera.

Ante esto, nuestros padres no se encuentren “tan molestos” como podríamos pensar, pues para las madres nunca existirá la pareja “perfecta” para sus hijos, y hasta que eso llegue, es preferible tenernos seguros y a “salvo” en casa. Pero esto puede conducirnos a una eterna inmadurez, en la cual huyamos a los compromisos y a las responsabilidades lógicas que nos da la vida.

Si bien es cierto, nadie puede negar que es increíble tener la camisa planchada y perfumada, la comida lista, el desayuno a la hora adecuada, la cama tendida, etc., y sobre todo ese gran margen para ahorrar casi la totalidad de nuestros sueldos para darnos nuestros “gustitos”, sin embargo, es tiempo de dejar el egoísmo y asumir los retos y responsabilidades del día a día para crear una mejor sociedad.

Si el prototipo que le he descrito, no le calza directamente a usted amable lector, de seguro algún familiar o conocido le sucede.

Lo publiqué en Diario El Mercurio

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