Un análisis sobre los indignados cariocas y la corrupción

por Andrew

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Dilma Rouseff cada vez se debe sentir más identificada con aquella frase de Andy Warholl, que decía que toda persona en la vida merece al menos quince minutos de gloria; claro que en el caso de la mandataria brasileira esto se tradujo en ser uno de los líderes de la región con mayor popularidad que en el primer semestre de 2012 contaba con el 77% de popularidad, y que tan solo un año después, durante las manifestaciones de los indignados cariocas sus niveles de aprobación descendieron del 57% al 30%, debido a su inadecuada toma de decisiones y errada estrategia para dar respuesta al clamor popular.

brasil-protestas-confederacionesHasta la fecha tanto periodistas, académicos y observadores mundiales intentan dilucidar cuál es el verdadero germen de las protestas en Brasil, pues si bien es cierto todo nació como una solicitud de mejora a los servicios públicos, traducido en el aumento de los precios del transporte en 20 céntimos de real y que fue respaldado por sectores cercanos a la izquierda; cada colectivo hasta el momento tiene su razón por la cual protestar, elevar su grito y salir a las calles a pedir un cambio por parte del gobierno ya sea político, económico o institucional. Solo por poner un ejemplo los grupos moderados hasta aquellos más afines a los planteamientos de la derecha reclaman por soluciones al grave problema de la corrupción en el país. Y es por ello que me quiero detener en este apartado a partir de lo que explica Manuel Villoria, en su libro “La corrupción política” (2006), quien señala que existen razones por las cuales es importante preocuparse por la corrupción al interior de un Estado, siendo estas de tipo: político, económico, institucional, de gestión y social.

A las primeras atribuye no solo la mercantilización del gobierno por parte del sector empresarial con su desmedida influencia, sino que además lo califica como el cambio de la política ideológica a una de “confianza” y la consecuente mediatización de esta, entendido como tal el alto coste de las campañas políticas, mismas que son financiadas por el sector privado a cambio de favores durante la gestión. En segundo lugar, las razones económicas vienen explicadas por la creciente globalización y por ende la abierta tentación por parte de empresarios de los países desarrollados para sobornar a aquellos Estados en vías de desarrollo a fin de generar mayores rendimientos en los proyectos que emprendan. En tercer punto, las razones institucionales, ya que las instituciones tienen de por sí un valor intrínseco, es decir que son portadoras de valores, y tienen un lado extrínseco pues reducen la incertidumbre y permiten la calidad en las Políticas. Mientras que la cuarta razón se centra en la gestión, y pone como principal exponente a los procesos de privatización y externalización de servicios, en los cuales se dejó puerta abierta para que so pretexto de diligencia y rapidez se prescindan de controles previos y el Estado a través de sus instituciones pierdan cada vez sus competencias y vías de fiscalización.

Y por último, la razón social viene a explicar como la corrupción cada vez importa más en la vida de las personas, sin embargo, es necesario que dicha preocupación de los ciudadanos se canalice a través de dotarles de medios suficientes para que estos vuelven a creer en la clase política y en la Administración.

Y es justamente la última razón la que ha llevado a los indignados cariocas a ejercer una fuerte presión en Rouseff, gracias a lo cual no se dio paso a la propuesta de reforma constitucional en la cual se limitaba las posibilidades por parte de la Fiscalía de investigar cuando se tratasen de casos de corrupción. Al parecer el movimiento de reivindicación en Brasil empieza a dar sus frutos. Si bien es cierto no se dan aún pasos decididos hacia el anhelado proceso constituyente, un plebiscito que incluye una reforma política está cada vez más cerca, incluso antes del Mundial 2014.

Lo publiqué en Diario El Mercurio

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