Un justo homenaje a José Serrano González

por Andrew

Al iniciar la carrera de Derecho llegué con muchas dudas y sobre todo con gran expectativa, me parecía impresionante como los catedráticos conocían al revés y al derecho los artículos de los distintos cuerpos legales e incluso muchos de ellos en la primera clase nos hablaban ya en latín al explicarnos el Derecho Romano. Pese a ello, uno de los profesores se salía de los esquemas pues en sus clases se aprendía desde historia, pasando por literatura e interesantes reflexiones filosóficas, su nombre era José Serrano González992801_10201441122687386_1188631267_n

No había momento en sus clases en los que no se dejaba de aprender, incluso mientras corría lista se detenía en un nombre al azar y nos contaba acerca de su origen y su relación en la historia; parece como si fuese ayer cuando leyó el nombre de una compañera, “Eufemia”, y sagazmente como era costumbre le consultó si sabía su significado, y al percatarse que ella lo desconocía, inmediatamente explicó que venía del griego “eu-phemia”, que quería decir de buena palabra siendo sus rasgos característicos la elocuencia y su buena reputación.

El profesor vestía un terno impecable y llevaba siempre bajo el brazo un libro, que con su cabello de plata le daba un particular realce que combinaba con su bastón que cada día variaba y que tenían siempre una historia sobre su procedencia.  Su imagen influía respeto, sin embargo, su cercanía con los estudiantes era absoluta, fue así que hace ya más de una década mientras caminaba rumbo a mí casa, detuvo su auto y me llevó, ahí me contó que era amigo de la familia de mi padre y la relacionó inmediatamente con añoranzas sobre Cañar.

Si bien es cierto, mi relación de respeto y amistad surgió siendo su estudiante, ésta prosperó por muchos años más hasta llegar a compartir aulas como docentes. Tarea que nunca fue sencilla pues él marcó siempre un referente de conocimiento, de aprendizaje continuo y sobre todo de sapiencia. Es por ello que cuando el maestro tuvo que ausentarse temporalmente y me pidieron que cubra su cátedra, la primera reacción que tuve fue de sorpresa y al mismo tiempo me preguntaba si estaría preparado para reemplazarlo por un período sus clases; fue una de las ocasiones que más me he preparado y que di mi mejor esfuerzo, pero claro estaba aún a millas de sus lecciones magistrales.

A su regreso siempre nos mantenía entretenidos a los profesores que conversábamos en los pasillos de la Facultad, siempre tenía la broma adecuada y usaba su picardía de manera particular y seleccionaba al personaje preciso a quien con su rapidez mental distraía y le jugaba una broma. Los grandes hombres pese a que en el aspecto físico nos abandonen, sus anécdotas, enseñanzas y recuerdos permanecen siempre, y en el caso de Pepe Serrano quienes tuvimos la suerte de ser sus alumnos, colegas o amigos, él estará siempre presente. Sin duda un justo homenaje a su destacada labor en la academia sería que la biblioteca de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad del Azuay lleve su nombre, lo cual estoy seguro que las autoridades de este centro de estudios lo decidirán.

Lo publiqué en Diario El Mercurio

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