Nacimiento y renovación

por Andrew

paseUno de los fenómenos más interesantes que se presenta antes de finalizar el año en el hemisferio norte sin duda constituye el solsticio de invierno, el cual no sólo marca el inicio de la estación más gélida, sino sobre todo representa esa constante lucha del día con la noche, y que hace que precisamente el día veintiuno de diciembre sea aquella fecha del calendario que menos horas de sol tenga.

Pero que distintas culturas alrededor del mundo la interpretaron siempre como el nacimiento de la luz, pues desde este momento hasta que se produzca el solsticio de verano el próximo junio, cada día los períodos luminosos serán mayores. Situación que puede ser comparada con el desarrollo de un ser humano que día a día desde que nace adquiere nuevos conocimientos.

Por ello no es una coincidencia que durante estas fechas nuestro espíritu al igual que nuestras esperanzas renacen, muchas veces asociadas a acontecimientos religiosos o simplemente con la ilusión de la llegada de un nuevo año. Claro que para quienes durante estas épocas nos encontramos a miles de kilómetros de casa el sentimiento es distinto y empezamos a añorar aquellas cosas y detalles que teníamos en la tierra que nos vio nacer y que ahora por situaciones propias de la migración no nos permiten tenerlas cerca.

Al igual que mí caso, son miles los compatriotas ecuatorianos que pasarán lejos de su familia, cada uno con un motivo distinto para salir de la patria, unos por estudios, otros por trabajo y otros por el simple hecho de desarrollar su espíritu aventurero en ocasiones los lleva a estar en la antípoda.

noelSin embargo, estoy seguro que todos sin importar el lugar donde se encuentren extrañarán de una u otra forma los pegajosos villancicos, la apetitosa gastronomía propia de estas épocas y en mí caso aquellos hermosos detalles que por un día convierten a Cuenca en una ciudad llena de vida, con una manifestación cultural llena de colorido y sincretismo como es el “Pase del Niño Viajero”.

Desde niño esperaba para que llegue el 24 de diciembre, no tanto por los regalos sino por la posibilidad de ver éste hermoso evento propio de la identidad cuencana. Si bien es cierto fui reticente a disfrazarme y participar del mismo, tenía mi particular manera de disfrutarlo a través del lente de mi cámara fotográfica. Pues me escabullía en medio de la multitud conformada por turistas, curiosos y orgullosos padres de familia que atentos miraban a sus hijos ser parte del “Pase del Niño” y Yo disfrutaba congelando de alguna manera esos momentos a través de una fotografía, llevándome para siempre la paleta de colores que formaban los mayorales subidos en sus caballos o del tucumán que a lo lejos se levantaba con telón de fondo de una iglesia o casa patrimonial.mayoral

Mientras escribo este artículo tengo aún presente la peculiar sensación que despierta el incienso que apaciguaba el vaho del centenar de caballos que participan de esta tradicional fiesta, mas ahora deberé conformarme con mi realidad y con el aroma de las castañas tostadas y del turrón de Alicante.

Lo publiqué en Diario El Mercurio.
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