Educando al extraño

por Andrew

Periodismo narrativo en Latinoamérica

Yo había visto las películas. Tenía previsto que al comenzar las contracciones mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombies.

El estrés no fue el parto. El estrés recién estaba a punto de empezar.

Llorar es…

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